26 dic. 2009

Yo, Goliat, Helena y yo.

El sol se ponía en el horizonte dejando el cielo rojo y dándole a las nubes tonos tan divertidos que parecían bailar. Yo jugaba con el yo-yo que me había dado mi bisabuelo el invierno pasado como regalo de cumpleaños. El bisabuelo Pedro tenía más de 110 años pero se mantenía con una gran vitalidad. Cuando me dio el regalo me dijo que era un juguete muy especial y que tenía que usarlo con cuidado, pero como los grandes siempre dicen esas cosas a los niños, no le di mucha importancia.

Los meses siguientes aprendí muchos trucos. La sensación al usar el yo-yo era muy agradable. Era muy ligero cuando giraba y siempre parecía poder ir a más velocidad. Se mantenía en el aire más tiempo del normal. La forma era diferente a todos los que había visto, era más grande y grueso, hecho de metal duro y brillante, mucho más pesado que cualquier otro.

Pero lo más divertido era que cuando lo usaba, ocurrían cosas extrañas: los perros se relajaban y se dormían si jugaba cerca de ellos, las gallinas ponían más huevos y los saltamontes se amontonaban a mi alrededor para hacer ruido.

Al principio fueron cosas así, pero después de algún tiempo llegue a la conclusión de que mientras más rápido lo hacía girar el efecto era más fuerte.

Un día estaba en la colina muy concentrado en hacer un truco que no me salía. Cuando levanté la vista, al lado mío había un animal muy grande y raro que me miraba. Confieso que me asusté y sin moverme llamé a mi mamá a los gritos. Cuando llegó se extraño muchísimo, dijo que nunca había visto un animal así. Era enorme, debía medir más de tres metros de altura y unos cuatro de largo. La gente del pueblo se alborotó. Nadie sabía qué animal podía ser, hasta que nos visitó el abuelo y nos dijo que era un bisonte, pero que no sabía que existieran tan grandes.

Otra vez, un pájaro que volaba bajo cayó dormido justo al pasar encima de mí. Me dio mucha lástima el pobre pajarraco y lo llevé a casa para darle algo de comer. Como después de un rato seguía medio atontado con mamá lo llevamos al veterinario. El hombre abrió mucho los ojos, y con voz de asombro nos dijo que nunca en su vida había visto una gaviota en esta zona tan alejada del mar.

La gaviota y el bisonte se quedaron con nosotros, les pusimos de nombre Helena y Goliat. Cuando le conté a mamá que todo era efecto del yo-yo, no quedó muy convencida, pero igual me prohibió que siguiera jugando con él. Si seguían viniendo animales, la casa terminaría convirtiéndose en un zoológico y no había dinero para alimentar a tanto bicho.

Dejé de usar el yo-yo y me dediqué a otros juegos. El tiempo no ayudaba; era verano pero hacía mucho frió y llovía mucho. Todos decían que era el peor verano del que tuvieran recuerdos. Yo salía corriendo de casa al granero para acurrucarme en el pelaje del bisonte.

Con el tremendo cambio de clima mi bisabuelo enfermó. Cuando fuimos a verlo al pueblo vecino, estaba en cama, muy flaco y pálido. Me acerqué y me miró severamente. Me habló tan bajito que tuve que estirarme mucho para escucharlo: “Eres un buen niño. No olvides jugar con tu yo-yo… es necesario”. Luego se durmió y ya no despertó de nuevo.

Volví a mi casa muy triste. Afuera seguía lloviendo. A pesar de la prohibición de mamá busqué el yo-yo, me puse un abrigo y salí al campo rumbo a la colina. Cuando llegué a la cima empecé a usarlo como en los viejos tiempos. Goliat y Helena se acercaron. La lluvia parecía parar y esto me animo un poco, hacía tiempo que no mejoraba el clima.

Empecé a hacer girar al yo-yo. Hacia mucho que no jugaba y me di cuenta de que lo extrañaba. Lo hice girar cada vez más y más rápido, muy concentrado. De pronto empecé a sentir calor, miré hacia arriba y con asombro vi que no quedaba en el cielo ni una nube. Goliat me miraba y hasta parecía reír, Helena agitaba las alas.

Otros animales se juntaron a mi alrededor, desde un topo que asomaba de su agujero, hasta una jirafa y un hipopótamo enorme que quién sabe de donde habrían salido.

Seguí haciendo girar el yo-yo un rato largo sin cansarme. Cuando paré, los animales parecían como hipnotizados. Miré el reloj y vi que ya eran las nueve. Había estado ocho seguidas jugando, me había salteado el almuerzo y la merienda, pero no estaba cansado ni tenía hambre. Me sentía feliz.

Lo más raro de todo era que siendo las nueve, el sol seguía alto sobre mi cabeza, como en pleno medio día de verano.


Autor: Adrian Saredo

Idea utilizada:
Un texto donde aparezca un bisonte y un yo-yo

Donada por: Ana GyS




1 comentario:

  1. ¡Muy tierno!
    Me gustó mucho.
    No entendí el título.
    Saludos

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