26 feb. 2010

Florencio y su corcel

La vida de los gnomos del jardín era muy aburrida. O andaban con la carretilla llevando macetas, o fumaban en pipa, o simplemente se sentaban sobre un hongo. No había mucho más para hacer.
El gnomo Florencio no lograba acostumbrarse a este aburrimiento. Él quería hacer algo distinto, quería conocer nuevos jardines pero la verdad, cruzar la ligustrina siempre le había dado miedo.
Un día, por la ventana de la casa, se oyó la voz de una abuela contándoles un cuento a sus nietos. Florencio se emocionó tanto escuchando la historia del príncipe valiente y su corcel, que ahí nomás decidió convertirse en caballero.
Lo primero que necesitaba era tener una espada. Pensó en robarse un cuchillo de la parrilla del fondo, pero después le dio un poco de miedo cortarse con el filo, así que siguió buscando. Recorrió el jardín de punta a punta, y sólo encontró algunas ramitas pero no las quiso por temor a pincharse un ojo.
Ya casi se había dado por vencido cuando se acercó a la bolsa de basura y vio que algo largo con las puntas acolchadas se asomaba. Agarró el palito y tiró: un hisopo. ¡Era perfecto! No pinchaba, no cortaba, y además le servia para limpiarse las orejas.
El siguiente paso era encontrar un corcel. Ningún caballero era digno de llamarse como tal si no tenia una buena montura.
Miró alrededor y vio la cola finita de Sandokan, el perro dogo, que se asomaba por la puerta de la cucha. Mientras se reía, Florencio agarró un hueso de la basura y fue a pararse a unos centímetros de la puerta. Se agachó preparado para saltar, revoleó el hueso y chifló.
Sandokan salió corriendo a toda velocidad. Florencio pegó el salto y se colgó del collar del perro mientras hacía fuerza para sentarse en el lomo. El perro llegó hasta el hueso y lo olisqueó, pero de repente se dio cuenta de que tenía un gnomo subido encima. ¡Que ofensa! ¡Lo estaban tomando por un caballo! Se puso como loco. Saltaba, pegaba mordiscos, se tiraba al piso y se refregaba. El gnomo, que apenas podía mantenerse agarrado del collar, se raspó todo y se llenó la boca de tierra. Después de un rato decidió soltarse. Ese corcel era muy arisco y peligroso. Mejor se buscaba otro.
Un poco triste, Florencio se sentó sobre un hongo con su hisopo al hombro. Estaba pensando en cómo iba a hacer con esto de la montura cuando vio que por la reja que daba a la casa del vecino se metía un pato. Pensó que esta era su nueva oportunidad y empezó a caminar despacio, haciéndose el distraído, para donde estaba el animal.
El pato andaba haciendo cuac cuac, picoteando el piso y no lo vio venir. Cuando se quiso dar cuenta tenia a Florencio sentado en su espalda, agarrándolo del cogote y diciendo: ¡Arre! ¡Arre!
El pato, muy molesto por el gnomo maleducado que ni siquiera había saludado o pedido permiso, desplegó las alas y empezó a correr tratando de levantar vuelo. Florencio de repente se encontró sobre el ave, volando bajo y dando vueltas en círculo por el jardín. Le agarró tal mareo que se soltó del pato enloquecido y fue a parar de cabeza sobre una montaña de caca del perro.
Mientras se limpiaba el gorro y la camisa, pensaba en qué difícil era la vida de un caballero. Ni había empezado su carrera y ya tenia marcas de batallas. Lo que aún no tenía era un corcel. Al final, todo resultaba ser muy peligroso.
Pasaban los días y seguía sin encontrar una solución. Les preguntó a los otros gnomos cómo podía conseguir una buena montura, pero lo único que hacían era reírse de él. Hasta que después de un mes, cuando los pimpollos se abrieron y las abejas aparecieron de nuevo en el jardín, empezó a sentirse el calorcito de la primavera. De abajo de la raíz de un palo borracho, caminando muy despacio, desperezándose después de la hibernación, salió la tortuga Mirta. Florencio abrió bien los ojos y una gran sonrisa le apareció en la cara. ¡Al fin encontraba una montura que no necesitaba cinturón de seguridad!
Mirta no entendió nada cuando se dio vuelta y vio a un gnomo de jardín sentado en su caparazón blandiendo un hisopo, tampoco le importó mucho, nada mas le interesaba llegar a la puerta de la casa para pedir un poco de lechuga.
Desde entonces todas las primaveras, Florencio se convierte en caballero. Mientras pasean lentamente por el jardín, Mirta, con su paciencia de tortuga, lo escucha hablar sobre perros que se convierten en toros embravecidos y dragones voladores que hacen cuac cuac.

Autora: Ana Guido y Spano

Blog: http://mientrassigoalconejoblanco.blogspot.com/

Idea: "Quiero una historia con una tortuga, un pato, un perro y gnomo con una espada de hisopo."

Donante: Kevin GyS

4 comentarios:

  1. muy bueno Ana, muy visuales todas las imágenes.

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  2. excelente, entretenido. Por fin la idea encontró su destino.

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  3. Ana, muy bueno. Hay imagenes que son espectaculares, como la del enano montando al pato.

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  4. jajaja... Un texto que engancha! Muy entretenido!!! ^_^
    Que peripecias la de ese gnomo que terminó montando una tortuga en las primaveras!! :P
    Felicitaciones! Y saludos!

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