12 feb. 2010

Viernes: pijama party

En la vorágine de viernes a la tarde nadie notó que un hombre se precipitaba hacia el asfalto con los brazos desplegados en cruz. El chasquido del cuerpo contra el suelo distrajo a los automovilistas y salpicó a algunos transeúntes. A pesar del cimbronazo que provocó la caída, el hombre seguía vivo. El cuerpo desarticulado quedó tendido boca abajo, y evidenciaba fracturas múltiples. Una pierna estaba completamente rotada, un hilo de sangre brotaba de la nariz, y de los dedos de las manos asomaban huesos astillados. Los autos se detuvieron con frenadas violentas y un tumulto de gente se agolpó alrededor del hombre que apenas podía respirar. Los últimos rayos de sol se abrieron paso entre unos nubarrones, los autos encendieron los faroles, y el hombre apretó los párpados como si la luz le molestara. Alguien llamó a una ambulancia. El tránsito permaneció detenido y se produjo un embotellamiento. Al cabo de un rato llegó un grupo de policías y armaron un cordón. En un susurro el hombre pidió que lo llevaran al baño. Una mujer que decía ser médica y que controlaba el pulso hasta que llegara la ambulancia, especuló que algo había estallado en el vientre del hombre. De pronto se largó a llover. Algunos curiosos, cansados de esperar un trágico desenlace que no llegaba y desanimados por la tormenta, comenzaron a dispersarse. Entre los truenos se escuchó una sirena que se acercaba. La expresión del hombre cambió, y esbozó una sonrisa. Parecía estar viviendo su momento más feliz. Minutos después comenzó a convulsionar, y el hilo de sangre se convirtió en hemorragia. Su cuerpo se retorció, y con los ojos desorbitados emitió un sonido que más que una queja pareció un grito de placer.
David despertó sentado en un inodoro. No era la primera vez que amanecía en un lugar insólito, pero nunca antes se había quedado dormido en un baño. A medida que recobraba los sentidos, reconoció el baño de su casa. Intentó recordar cómo había llegado hasta ahí, pero un dolor punzante en la espalda lo distrajo. El dolor lo recorría desde la cintura hasta el cuello, y la parecía una rama seca a punto de caer. Un vahído lo obligó a cerrar los ojos y recostarse contra la pared. Alguien se desperezó en la bañadera. Era una mujer hermosa, envuelta en un sensual vestido rojo que resaltaba sus formas. Sus piernas caían relajadas, y el pelo revuelto le cubría la cara. David intentó incorporarse para verla mejor, pero no pudo ponerse de pie. Trató de apoyarse en el vanitory, pero sus manos no tenían fuerzas y sus dedos colgaban deshilachados. Tan solo logró estirarse lo suficiente como para notar que la mujer no llevaba ropa interior. Inmediatamente David olvidó sus dolor y su debilidad, y la llamó con un “hola” entre dulce y ahogado. La mujer se desperezó, se incorporó, y se acomodó el pelo. Era idéntica a Paula. Por un instante David creyó que estaba soñando. Se refregó los ojos. No podía ser Paula, pero era. David sonrió y estiró el brazo para alcanzarla. Cuando la tuvo cerca notó que tenía el maquillaje corrido. Le preguntó por qué había llorado. Paula no respondió. Se paró frente a él y se desabrochó el vestido, que resbaló por su cuerpo hasta caer al piso. David se quedó observándola, extasiado ante la belleza de la desnudez y confundido por un haz de luz que brotaba a la altura del vientre. Paula le acarició la cabeza y lo apretó contra su cuerpo. David intentó zafarse, pero no tenía fuerzas y Paula lo oprimía. A través de los párpados percibió que la luz se hacía más potente. Quiso gritar, pero Paula le tapó la boca con un beso, y le frotó los pechos en la cara a la vez que metía su mano en el pantalón del pijama. El deseo fue más fuerte que el horror. Cuando David estaba a punto de estallar, Paula se sentó sobre él, dejó caer su cabeza hacia atrás con el torso arqueado, y David no pudo resistir a la tentación de zambullirse en los pechos más hermosos que había conocido. Sin dudarlo los apretó contra su cara hasta alcanzar el orgasmo más intenso de su vida. Cuando recuperó el aliento, todo lo que quedaba de Paula era una bola luminosa que se alejó hasta perderse en la distancia.
Encandilado por la luz de Paula, David no podía ver a su alrededor. Nada de lo que había sucedido podía ser cierto. Pensó que estaba soñando y que pronto despertaría. Pero no. Se quedó un rato inmóvil, sin ver, ni oír, sin siquiera respirar. Y aprovechó ese momento de quietud para pensar. Repasó su último día, desde que se había levantado hasta entonces. Había un vacío entre el momento en que se quedó dormido y cuando despertó en el baño. Intentó reconstruir al detalle los minutos previos al sueño. Estaba en la oficina. Había esperado a que todos se fueran. Miró el reloj. Eran las siete y veinte. Llamó a seguridad y pidió que no lo interrumpan. Trabó la puerta y abrió el último cajón del escritorio. Tanteó buscando el pijama que Paula le había regalado para el cumpleaños y que jamás había llevado a casa por miedo a que su esposa sospechara. Pensó en Paula, en el amor de a turnos, en el fin de semana juntos prometido pero jamás concretado, en el aborto. Paula en la camilla. Paula llorando. Paula hasta el último momento preguntado por qué. Pensó en la enfermera, encogida de hombros y dándole la terrible noticia sin siquiera mirarlo a los ojos. Esa hija de puta que por unos pesos más mintió que Paula había ido sola. David desenvolvió el pijama. La tela era tan suave como las caricias de Paula. Tan pronto se lo puso sintió la calidez de un abrazo. Caminó hacia la ventana con el andar relajado de quien va a prepararse un café. Salió al balcón. Pasó una pierna al otro lado de la baranda. Luego la otra pierna. Haciendo equilibrio logró ponerse en cuclillas, con los talones clavados en el borde del balcón y las manos prendidas como tenazas. Su cuerpo se tensó como una cuerda de violín, entonces David emitió un sonido agudo y discordante. El sol anaranjado del atardecer le pegó en los ojos, pero no logró arrancarle una sola lágrima. Y David se soltó y desplegó sus brazos en cruz. La caída duró algunos minutos, o al menos eso le pareció. En el momento más inesperado cayó sobre un colchón de resortes, y tras elevarse varias veces como un acróbata, se acurrucó y se quedó dormido. En la vorágine de viernes a la tarde a nadie le llamó la atención.

Autora: Emilse Mancebo
Blog:http://historiasrecicladas.blogspot.com

Idea utilizada: Un hombre esta solo en su oficina, mira el reloj, se quita la ropa, un traje de los caros, abre el cajón del escritorio y saca un piyamas. Se lo pone, abre la ventana y se tira. Luego de una larga caída termina sobre un colchón. Se queda dormido.
Cuando se despierta se encuentra en su departamento, en el baño, sentado en el inodoro. Es ahí cuando la ve a ella, una hermosa desconocida, durmiendo en la bañadera, con un vestido de noche y el maquillaje corrido por haber llorado.

Donante: Scatterbrain - http://ciudadalienada.blogspot.com/

No hay comentarios:

Publicar un comentario