9 jul. 2010

Una pandemia de panaderia

Al pobre Mauricio lo habían mandado a comprar facturas. Siempre era igual, al único a quien obligaban a hacer cosas era a él. Que las masitas para tía Elvira, que regarle las plantas a la abuela Elvira, que llevar a la prima Elvira a la plaza, visitar al tío Elvio, etcétera. Un etcétera largo, vale decir.
Esa mañana caminó tres cuadras, pisó una baldosa de esas que engañan a primera vista, e insultó en buena forma antes de entrar a la panadería.
Pensó que el mundo no era para él. A pesar de sus treinta y dos años, seguía siendo el changarín de la familia y para colmo más de siete personas lo separaban de la docena de facturas tan ansiada.
Estaba distraído, hasta que notó un revuelo importante. Los clientes de la panadería se aglutinaron en torno a un petizo morochón, que hablaba como si tuviera la boca llena de saliva. Mauricio se acercó, no quería perderse tal acontecimiento.
Todos lo alababan como si fuera un semi-dios, el centro de la fiesta.
De una vez por todas empezó a hablar, sin prisa pero sin pausa. Los clientes empezaron a reír de forma intempestiva y abominable, sacados de quicio¬. Algunos cayeron al suelo. Es más, quien había contado el chiste también estaba en la misma situación.
Con lentitud, como si toda la humanidad dependiera de una docena de facturas, fueron desplomándose en el piso, riendo, hasta que por fin, inmóviles, murieron.
El único no damnificado había sido Mauricio. Se sirvió dos docenas de facturas y salió a la calle. Nada había cambiado. El semáforo en correcto funcionamiento, varios choques, los perros caminando con sus correas solos. ¿Solos? No puede ser, pensó Mauricio para sus adentros.
Vio gente en las veredas con muecas de dolor riendo, todos dejando de lado la vida.
No había tiempo, le restaba volver a su casa y contar lo sucedido, antes de que se desatara una verdadera tragedia.
Llegó con la lengua afuera y en el primer intento no pudo poner correctamente la llave en la cerradura. “Los nervios” se excusó. En la tercer oportunidad lo logró.
- Mauricio, ¿dónde estabas? – preguntó mamá Elvira.
- Sí, te pedimos facturas para el desayuno, no para la merienda nene – dijo el tío Elvio con signos de fastidio.
- Pasó algo terrible – comentó Mauricio.
- Siempre con excusas… – volvió a intervenir Elvio.
Mauricio trató de ser lo más claro posible. Le resultaba difícil creer y mucho menos afirmar que un chiste pudiera causar tantas muertes.
- Ah bueno, llego la hora de la pavada. A ver, cuál era el chiste.
- Pero tío yo no lo entendí. Lo contó un petizo morocho en la panadería.
- Siempre el mismo paparulo vos. Debés haber sido el único que no lo entendió. Contalo nomás.
- Decía algo por el estilo “un borracho se encuentra con una jirafa en una calesita del parque Saavedra, y la jirafa le dice…”
- ¿Qué Mauricio? ¿Qué le dice?
El mundo volvió a retrotraerse a la panadería, pero ésa vez en su propia casa. El tío Elvio, mamá Elvira, la tía Elvira y la abuela Elvira, comenzaron a balancearse hasta quedar desperdigados por el piso, como gajos de sandía, riendo, llorando de la risa.
Mauricio se sentó a tomar unos mates.
Como ellos no despertaron, ni despertarían nunca más, exclamó en voz alta:
- Miércole, lo que es la incomprensión.
Comió unas facturas y salió a la calle a buscar un perro que se adueñara de él.


Autor: Nicolas Barrasa
Blog: http://nicolasbarrasa.blogspot.com/

Idea Utilizada: "Un cuento donde se desata una pandemia y mueren millones de personas... de risa"

Donante: Sergio

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